20 septiembre 2016

El vigilante del bosque

En la copa del árbol más alto de la más alta colina situada en uno de los bosques que antaño cubrían la mayor parte del Valle de Gordexola, habitaba un ser al que los lugareños llamaban basagoikoa, que quiere decir “el que está por encima del bosque”. Precisamente allí se lo podía ver, para quien tuviese el ojo entrenado. El propósito de esta criatura que permanecía por encima de los árboles, era vigilar y proteger a todo aquel que osase atravesar el bosque durante aquellas horas en las cuales no debería uno internarse en él. Hoy en día, cuando la mano del Hombre ayudado por sus máquinas ha hecho desaparecer grandes extensiones de arbolado, tan sólo quedan en pie tímidos bosques adolescentes, reforestaciones que carecen del encanto de aquellos bosques milenarios, con su nutrido sotobosque, cubierto de hojas y donde las enmarañadas ramas de los árboles se cruzan unas con otras, impidiendo a los rayos de sol llegar con su acostumbrada rectitud, puesto que se ven obligados a desenredar un intrincado ovillo hasta iluminar el sempiterno suelo cubierto de hojarasca.
No obstante, no todo está perdido. Aún quedan lugares recónditos en el Valle, olvidados de la mano de Dios y del hombre, y aunque nadie afirma haberlo visto desde hace muchos años, yo estoy seguro de que Basagoikoa sigue vigilando, allí arriba, a los caminantes perdidos, porque esto que os voy a contar, ocurrió hace ya muchos años, y no ha sido hasta ahora que he podido recordarlo.

Era una Nochebuena cualquiera, unos años después de acabada la guerra, y en el baserri de los Andetxaga ya habían perdido la esperanza de que el aita regresara. No obstante, la amatxo y sus cinco hijos que aún eran menores durante la contienda, supieron hacer frente a la desdicha y gracias al carbón y al pastoreo pudieron salir adelante, al menos durante los primeros años. Esa noche se habían juntado con los abuelos, tíos y primos, como era costumbre, para pasar esas fechas juntos y mitigar así la tristeza de los años precedentes. Sin embargo, en algún momento la conversación giró en torno a la figura del desaparecido padre, y Garai, de cinco años, el más pequeño de los hermanos, al que todos creían ya acostado, escuchaba acurrucado junto a las escaleras. Y cuando todos se hallaban en torno a la chimenea, Garai, que era un zagal bastante inquieto, salió a la noche a buscar a su padre, a quien nunca conoció.
Cuando la madre fue a acostarse a eso de las dos, fue a comprobar si su pequeño se había destapado, y comprobó con estupor que el niño no estaba en su cama. Enseguida bajó y alertó al resto de la familia, que seguían junto al hogar, y en pocos minutos se montó un gran alboroto, pues todos los presentes se pusieron a recorrer la casa, abriendo armarios, mirando bajo las camas, todo ello en una vana e infructuosa búsqueda del niño. Hasta que uno de sus hermanos vio que la puerta principal estaba entreabierta, y que la verja que salía al camino también lo estaba, y todos cayeron en la cuenta de que el niño había salido de la casa, y dado que se acercaba una gran nevada, se temieron lo peor.
Enseguida los hombres se armaron de linternas de aceite y antorchas y se dividieron en dos grupos. Y mientras unos iban hacia las orillas del Ibalzibar, otros tomaron el camino que llevaba al bosque, donde al paso por los barrios dieron voces que alertaron a los vecinos, que enseguida se sumaron a la búsqueda. Poco a poco se fue congregando una pequeña multitud de gentes venidas de diferentes baserris, alertadas por el tumulto, y recorrieron de arriba abajo el robledal, del cual hoy solo quedan vestigios, sin encontrar ningún rastro del chico. Algunos trajeron perros, pero éstos se limitaban a olisquear recelosos el aire frío y húmedo desde los lindes del bosque sin atreverse a internarse en la espesa oscuridad. La batida siguió durante toda la noche, y cuando las primeras luces del alba empezaron a clarear en el bosque y los primeros copos de nieve empezaban a caer en forma de remolino, muchos de los participantes en la batida reflejaban la desesperación en sus rostros.

Pero fue un pastor de Sandamendi, quien, una hora tras la salida del sol, encontró al niño arropado y durmiendo plácidamente junto a un gran roble en el corazón del bosque. Lo cubrió con sus pieles y lo llevó en brazos hasta Andetxagaena, donde esperaba su madre angustiada. El pastor lo depositó en sus brazos mientras no dejaba de repetir: «Basagoikoak zaindu zuen...».

Y así fue. Basagoikoa lo cuidó y lo protegió durante toda la noche, lo resguardó de la ventisca bajo un gran roble milenario, lo arropó con una manta tejida de musgo y hiedra, porque la noche siempre es fría y húmeda. Lo cuidó y lo protegió porque él está ahí para eso, desde que el mundo es mundo, siempre en vela, desde lo alto de los árboles, guardando los caminos que atraviesan el bosque, porque no sólo hay que temer al frío, hay cosas peores que el frío, acechando en la oscuridad, esto él lo sabe muy bien, y yo también lo sé ahora, cuando ya han pasado tantos años, ahora que el tiempo se acaba para mí, los recuerdos de aquella noche son muy vívidos en este momento. Fui en busca de mi padre, arrebatado de su casa por los horrores de la guerra y encontré otro tipo de horrores en la negrura del bosque. "El de la noche" acechaba y yo no lo sabía. Sus heladas manos como garras a punto estuvieron de arrancarme de este mundo y de mi familia, pero entonces apareció él, me tomó de la mano y me subió a la seguridad de las alturas, entre las copas de los árboles, donde la luz de la Luna brillaba con claridad en sus ojos. Y pude ver en ellos que cuidaría de nosotros para siempre, pero también pude notar su tristeza por un mundo que agoniza. El trabajo en las ferrerías, el carbón, agotaban los bosques, y llegaría un día en que los árboles serían un vago recuerdo, y entonces él no podría protegernos más.

Comprendí su mensaje y así lo transmití a mi familia. Abandonaron el trabajo de la carbonera, yo dediqué mi vida y estudios a ser Guarda Forestal. Desde entonces, he recorrido los bosques de Gordexola durante años, cuidando de ellos, con cierta esperanza en la mente, y ahora que ya no tengo fuerzas, por fin he comprendido, lo que durante toda mi vida he añorado: encontrarme de nuevo con él, y mirar de nuevo sus ojos, y sentir la paz que transmitían. Creo que si me quedo aquí, apoyado en este gran roble, quizá lo vuelva a ver… antes de que la noche caiga sobre mis ojos.

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