08 abril 2015

Más valiera estarme callado

De normal soy bastante callado, me gusta observar, escuchar a la gente, asentir interiormente cuando expresan algo con lo que estoy bastante de acuerdo. Me gusta pensar en lo que voy a decir, como si las palabras fueran un bien escaso, un recurso agotable que no podemos derrochar.

Más bien es al contrario, las palabras fluyen y fluyen de boca de la gente, como un torrente desbocado, palabras atropelladas, conversaciones vanas que rellenan espacios vacíos en determinados momentos del día. O por fortuna, raras veces las palabras se concatenan de manera armoniosa para dar forma a hermosas frases o conversaciones plenas de sentido y profundidad. Pero ciertamente, momentos así son, por escasos, momentos mágicos de recuerdo imborrable. Aquellas frases lapidarias que siempre recordaremos forman parte de este universo conversacional.

Aparte de todo esto amo el silencio. El silencio... ¡qué bien tan preciado, y qué tiempos éstos en los que escucharlo sea tarea imposible! Es por ello que procuro no romperlo sin una buena excusa, y una buena excusa son unas cuantas cervezas. ¡Ah... que grandes momentos en los que saboreo el malteado aroma de una buena cerveza en grata compañía! ¡Qué grandes momentos en que la lengua se suelta y las palabras surgen como resortes, inundando el lugar de cosas que deberían guardarse en un cofre bajo siete llaves!

En momentos así, más valiera estarme callado...

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