31 octubre 2014

Cuento de Halloween

Para celebrar Halloween, os presento un cuento de terror que escribí cuando formaba parte de Popomundo:

Érase una vez un cuento oscuro, tan oscuro que al encender las luces para tratar de leerlo, miles de murciélagos salían volando asustados de entre sus páginas...

Pero esa es otra historia, la que os voy a contar sólo trata sobre un dulce conejito. Un conejito que apareció de la nada, bueno, mejor dicho apareció del fondo de la chistera  de un mago que se dio a la fuga. El conejito se encontraba sólo y desamparado en un local... no de terror, sino de mala muerte. Fue mi pequeño hijo Troy quien lo encontró, mordisqueando un trocito de hierba entre sus dulces dientes. Lo recogió y lo llevó a casa. Cuando apareció por la puerta con el conejo en brazos me dio tanta lástima que acepté que se lo quedara. Le pusimos el nombre de Pk_Lugia. Era un conejo tan lindo que nos lo hubiéramos comido para cenar aquella noche...

Ahora lamento no haberlo hecho.

Todo comenzó a torcerse cuando faltaba un día para la ansiada fiesta de Halloween. Resulta que aún no le había comprado una máscara a mi hijo, así que decidí escaparme justo antes de un concierto con el fin de encontrar una, pero dada la proximidad del día, el artículo estaba agotado en todas las tiendas. Estaba desesperado y el concierto a punto de comenzar, cuando topé de morros con una tienda de segunda mano, medio escondida en un apartado callejón. No recuerdo cómo pude llegar allí, pero el caso es que entré dentro y quedé impresionado de la cantidad de cachivaches que allí se amontonaban. En aquél momento me hubiera gustado echarle un ojo más a fondo a todas aquellas antigüedades y coleccionables, pero el tiempo apremiaba.

Mientras trataba de sortear los innumerables artículos para llegar al mostrador, me salió al paso un viejecito de aspecto misterioso, como si se tratara de una más de esas antigüedades que por allí yacían. Cuando le dije que buscaba una máscara de Halloween, se quedó inmóvil y me miró fijamente, como si yo me encontrase a miles de kilómetros de él. Tuve que despertarle del trance, pues tenía mucha prisa, y entonces se dio la vuelta y desapareció por entre unas cortinas. Mi paciencia se estaba colmando y estaba a punto de rebosar cuando el viejecito volvió a hacer aparición con una caja en la mano. La abrió y me enseñó lo que contenía: era una hermosa máscara ricamente tallada en madera oscura y bellamente decorada con coloridos motivos. Realmente no era lo que buscaba, quería algo más simple, pero miré mi reloj y faltaban tan sólo unos minutos para mi concierto. Entonces me dije «qué demonios, no voy a encontrar ninguna a estas horas».

No lo sabía pero aquellas palabras iban a traer terribles consecuencias...

Pagué diligentemente al viejo una cantidad que me pareció muy pobre, en comparación con el trabajo que se podía ver reflejado en la máscara y salí volando del lugar. Llegué extenuado al local donde tocábamos, con algunos minutos de retraso, y la gente ya estaba algo exaltada por la espera. ¡Había que hacer un buen espectáculo esa noche o no saldríamos muy bien parados de allí! Así que hablé con Isleta, mi compañera de grupo, y le dije de cambiar un poco el guión: íbamos a invocar un demonio aquella noche, ya que mañana era Halloween, ¡a la gente aquello le iba a encantar! Además muchos de ellos ya iban disfrazados. Isleta trato de convencerme de no hacerlo, ¡aún no controlaba la habilidad del todo! Pero la suerte estaba echada. Había algo en la estancia que no me haría cambiar de opinión, es más, creo que algo me metió la idea de la invocación en la cabeza aquella noche... Y dicho y hecho, empezamos a tocar y el ambiente se fue caldeando hasta alcanzar una cota de frenesí como nunca antes habíamos conseguido. En medio de nuestra mejor canción, empecé a recitar uno de los conjuros que aparecían en el libro Ritual de Invocación, y, para dar mayor énfasis a la actuación, cogí la máscara que había comprado y la elevé entre mis brazos, haciendo que la multitud enloqueciera. Observé al público, bailando enfervorecido, vestidos con máscaras demoníacas, algunos medio desnudos, con las caras pintadas, y al fondo, una figura envuelta en una capa negra, lo observaba todo sin inmutarse, completamente inmóvil. En aquél momento no le presté demasiada importancia, supuse que no le gustaba demasiado el heavy metal.

Terminé el concierto en Ruskin Arms. ¡Fue la leche!

Al llegar a casa, agotados, Isleta y yo nos derrumbamos sobre la cama, no tuve fuerzas ni para llevar la máscara al cuarto de Troy, y quedó colgando de mi mano. Cuando desperté a la mañana siguiente, tenía un dolor de cabeza terrible. Empecé a recordar la noche anterior y noté que me faltaba algo. La máscara. No me preocupé demasiado, pensé que seguramente Troy se había despertado, había venido a nuestro cuarto, y al verla la había cogido, al fin y al cabo, la había comprado para él...
Me levanté y cubrí a Isleta con una manta para que siguiera durmiendo un poco más. Me lavé la cara y fui al cuarto de Troy. No estaba allí. Miré por el resto de habitaciones y tampoco estaba allí. Empecé a preocuparme. Entonces me acordé del día que era. Sonreí. Lo llamé, suavemente al principio, porque suponía que se estaba escondiendo para darme un susto con la máscara. Abrí cada armario que encontré con la esperanza de recibir el consabido susto, pero nada de eso ocurrió.

Llamé al servicio de habitaciones del hotel pero nadie contestaba. Bajé al vestíbulo y lo encontré desierto. Quemé el timbre de recepción de tanto usarlo. Aquello ya empezaba a ser desquiciante. No sabía que hacer, cuando de pronto oí gritar a Isleta. El corazón me dio un vuelco y noté como los grifos de la adrenalina se habían abierto en mis venas. Subí corriendo las escaleras de cinco en cinco hasta nuestra habitación en el tercer piso y lo que vi casi me hizo caer de rodillas.

Allí, en medio del pasillo, había un enorme y peludo ser de color blanco, de unos tres metros de altura, con enormes garras, afilados dientes y... orejas de conejo.

Tan cierto como que Melvin murió, es lo que os estoy contando, allí en medio de aquel pasillo de aquel hotel de mala muerte, estaba el conejo más monstruoso que nunca hubiera podido imaginar. Isleta estaba acorralada contra un rincón y entonces intenté llamar la atención del monstruo. Cuando se dio cuenta de mi presencia, vi su horrible cara. Era la viva imagen de la máscara que yo había comprado, vuelta a la vida. Reaccioné tan rápidamente como pude y corrí hacia el otro lado del pasillo, donde había una boca de incendios, y un hacha. Rompí el cristal y me armé con ella, aunque comparada con los afilados dientes de la bestia era como tratar de pescar ballenas con anzuelo y sedal.

Retrocedí por el corredor hasta quedar acorralado contra la ventana al final del pasillo, armado con el hacha, el conejo demoníaco se acercaba cada vez más a mí. Lancé unos cuantos hachazos al aire para tratar de intimidarlo, pero lo único que hacía era alimentar su hambre de mí. Le golpeé con todas mis fuerzas con el hacha y logré clavarla... en el suelo. Lo hice tan fuerte que no pude volver a sacarla, y el conejo estaba a punto de abalanzarse sobre mí.... entonces ocurrió algo inesperado. Una vocecilla gritó detrás de la bestia y la llamó por su nombre: ¡Pk_Lugia!

La bestia se quedó inmóvil y se dio la vuelta, para encarar a ese ser que le estaba llamando por su nombre. Era nada más ni menos que Troy, ¡sus primeras palabras! Y allí estaba Isleta, a su lado, con la manguera de incendios entre sus brazos, la mirada desafiante en su rostro, el viento ondeando su pelo rojo... «Prepárate a morir, conejito» fueron sus palabras. Y abrió la llave de la manguera, que soltó un gran chorro a toda potencia sobre la cara de la bestia. El monstruo retrocedió unos pasos causados por la sorpresa del ataque y hubiera recobrado la compostura, de no haber tropezado con el hacha que se hallaba clavada en el suelo, haciendo que la gran mole conejil perdiera el equilibrio y se estrellará contra la ventana, cayendo estrepitosamente a la calle entre una lluvia de agua y cristales.

Corrí a abrazar a Isleta y a Troy, y empapados, bajamos lentamente las escaleras hasta salir a la calle. Allí, sobre la acera, había un conejito blanco muerto, y a su lado, la dichosa máscara demoníaca. Cogimos el conejo y lo enterramos en el parque. En cuanto a la máscara, yo mismo la arrojé al río atada a una piedra. Ahora lo único que deseo es una vida tranquila, pero no puedo quitarme de la cabeza la idea de leer cualquier día en las noticias que un monstruoso pez marino ataca a los autobuses en la ruta Londres-Nueva York...