15 enero 2014

Una película para el recuerdo: Matar un Ruiseñor

Matar un Ruiseñor (1962, To Kill a Mockingbird)
Director: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote (Novela: Harper Lee)
Música: Elmer Bernstein
Fotografía: Russell Harlan
Reparto: Gregory Peck, Mary Badham, Brock Peters, Phillip Alford, John Megna, Frank Overton, Rosemary Murphy, Robert Duvall


Esta historia, basada en una novela de Harper Lee, trata principalmente sobre el tema del racismo durante la década de 1930, los años de la Gran Depresión, y para ello nos sumerge en el modo de vida de una sencilla población sureña donde habita Atticus Finch, un abogado que toma la difícil decisión de defender a un negro acusado de violar a una chica blanca. Esta decisión marcará los acontecimientos que se desarrollan a lo largo de la película, en la que toman también protagonismo los hijos de Atticus, Jem y Scoutt. Los niños, huérfanos de madre, y ajenos al mundo que pertenece a los adultos, disfrutan de sus vivencias y juegos descubriendo personajes misteriosos que no se dejan ver, personas malas que hacen cosas malas, o personas buenas que hacen cosas malas, y sobretodo personas buenas que hacen cosas buenas. Todo ello visto desde su inocente perspectiva infantil, y de esa manera van creciendo interiormente, madurando y descubriendo que existen unos valores que hay que salvaguardar, y nadie mejor que su ejemplar padre, Atticus, para enseñarles a hacerlo.


De esta forma, se nos plantean dos temas, por un lado el sentimiento de racismo de la sociedad americana de esa época, en la cual sólo una minoría toma parte en favor de los negros y sus derechos, mientras que la gran mayoría los detesta y los degrada tratándolos como una raza inferior. En el centro de ese huracán se encuentra Atticus Finch, que sabiendo los riesgos que su decisión conlleva para su integridad física y la de su sus hijos, no cede a sus principios y trata de hacer lo imposible en una batalla que sabe perdida de antemano.

El otro tema sería el paso de la infancia a la madurez, la pérdida de la inocencia de los niños y su toma de conciencia para con el mundo que les rodea y la sociedad que les ha tocado vivir. Afortunadamente, como mencioné antes, no pueden tener mejor guía y consejo que el de su padre, un hombre sin tacha, parco en palabras, pero decidido, con un toque melancolico quizá por la añoranza que siente por su fallecida esposa, que ama a sus hijos por encima de todo, y que no dudará, llegado el caso, en mirar a otro lado para no matar un ruiseñor.





Sería difícil elegir una única escena de esta obra maestra porque cada fotograma está lleno de pasión y buen hacer fílmico. La película está embebida de una sensibilidad tal que abruma, sin llegar a niveles de ñoñería al que nos tienen acostumbradas las comedias románticas actuales. Cada escena encaja perfectamente y nos descubre un nuevo matiz, una nueva experiencia que va enriqueciendo el mundo de Jem y Scoutt. Sería muy difícil elegir una única escena porque de elegirla, elegiría una que no podría contar. No seré yo quien os estropee el final. En cambio, me quedaré con otra, también muy emotiva, cercano al final, en la que Scoutt convence a su padre de que no cometa el pecado de matar un ruiseñor.



Llegados a este punto creo que no hace falta explicar los motivos por los cuales he elegido esta película, tan sólo añadir que causó en mí una gran impresión la primera vez que la vi, que descubrí lo que era el cine con mayúsculas, hacer cine con cariño, con la única pretensión de hacernos sentir emociones, y no un simple afán recaudatorio. Esta impresión que sentí la primera vez, la sigo sintiendo cada vez que visiono de nuevo esta gran obra maestra, y eso es algo que hoy en día es difícil de conseguir.

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