31 enero 2012

¡Se fue para siempre!

¿Para siempre? ¡No! Esta es una historia real, basada en hechos reales, con personajes reales (o no). Por favor, si eres feliz en el popomundo en el que vives, si crees que la vida tiene un sentido, no sigas leyendo, de lo contrario, tus ojos se verán desvestidos del velo negro que los cubre, y contemplarán una nueva realidad que te encogerá el corazón como si los fríos dedos de un cardenal te lo oprimiesen...

Esta historia comienza un hermoso día de primavera... bueno... eso es lo que la mayoría quisiera... En realidad, comienza una fría y lluviosa tarde de finales de octubre, el día anterior a Halloween. Me encontraba caminando por los poblados pasillos de la Universidad de Barcelona, haciendo tiempo mientras mis alumnos se tomaban un descanso de mis clases. Entonces, dada la algarabía reinante en ellos, busqué un lugar solitario y tranquilo donde poder encenderme un pitillo sin causar molestias ni reprobadoras miradas de los otros profesores. Al final del pasillo divisé una escalera que bajaba, según indicaba el cartel, a la sala de mantenimiento, donde alguna que otra vez había visto bajar a Juan Pérez, el conserje encargado de dicha sala. Un hombrecillo encorvado por el peso de los años y el trabajo monótono, que sin embargo era feliz en su mundo repleto de maquinarias y pasillos oscuros, alejados del gentío.

Descendí las escaleras cautelosamente, echando la mirada atrás para cerciorarme de que había pasado desapercibido, y casi a tientas, llegué al piso de abajo, donde apenas podía distinguirse nada en la semioscuridad. Al fondo se veía una rendija de luz proveniente de una puerta entreabierta, y con el corazón más animado, me dirigí hacia ella. Antes de abrirla, golpeé suavemente la madera, y mencionando el nombre del conserje, esperé un segundo, pero al no recibir respuesta, la abrí.

La luz me cegó un instante hasta que pude distinguir el cuartucho que ante mí se presentaba. En uno de los rincones yacía tirado un mugriento colchón rodeado de cachivaches eléctricos, aparejos y herramientas. Un desvencijado armario, y una lavadora perpetuamente en marcha ronroneaba en la húmeda habitación y constituían los únicos muebles. No obstante, decidí pasar al interior y acomodarme en una silla que prometía ser cómoda, y que al menos estaba limpia. Más relajado, extraje mi tabaco y me lié un pitillo, con la intención de inundar la estancia de su suave aroma pralinado. Al intentar prenderlo, el mechero resbaló de mis manos y cayó al suelo. En ese momento, se abrió un agujero en el suelo y se tragó el objeto.

- ¡Se fue para siempre! – exclamé.

No podía creerlo, salté al suelo y comprobé con mis manos su duro tacto, ¡el suelo estaba intacto! Nada parecía indicar que allí hubiese alguna rendija o desagüe por donde mi mechero se hubiese colado. Un sudor frío empezó a recorrer mi frente y el runrún de la lavadora me martilleaba el cerebro cada vez más insistentemente. Miles de pensamientos recorrieron mi turbada mente, y entonces, en un alarde de valor, decidí recuperar mi objeto: aquel mechero no desaparecería para siempre. Rápidamente, me quité mi camiseta de popomundo, y la arrojé la suelo. Seguidamente salté tras ella.

Sólo pude ver durante un instante como el suelo se abría a mis pies y seguidamente, la Oscuridad. Y sí, lo digo así porque dentro de esa Oscuridad, incluso el álbum negro de Metallica resaltaría como una bandera blanca en plena batalla. No sé el tiempo que transcurrió en ese túnel de no-luz, ni sé si realmente me moví en el espacio, sólo recuerdo el fugaz momento de luz al llegar y caer de bruces al blando y algodonoso suelo.

Me erguí, a duras penas, pues el suelo no era muy estable, y contemplé con dolor la infinita luminosidad y colorido de aquel mundo, en contraste con el túnel negro del cual acababa de salir. Me vi rodeado por todas partes de telas que formaban una capa sobre el suelo y lentamente, cogí una de ellas y la alcé ante mí, era una camiseta de algodón, en cuyo centro figuraba el logotipo de popomundo. Para mi sorpresa, descubrí que el suelo estaba lleno de ellas, y de jeans, y de camisetas con diseños fastuosos o frases conmemorativas. Empezé a trepar sobre un montón de camisetas que parecía el más alto de la zona, y mientras escalaba noté un pinchazo en un dedo. Me miré la mano y descubrí que me había clavado un pin que decía: “Los dioses deben estar locos”. Seguí subiendo y por fin, con gran esfuerzo alcancé la cima. Desde allí contemplé un grandioso mar de camisetas, de colores de lo más variopinto, de las más variadas texturas, hasta donde alcanzaba la vista. Comprendí entonces adónde iban a parar cientos y cientos de objetos a través del tiempo y del espacio.

Volví al lugar donde había caído, no sin antes pertrecharme con una camiseta de Iron Maiden que encontré, y hallé también mi mechero, bajo mi antigua y sucia camiseta. Encendí mi pitillo y me tumbé sobre el montón de ropa, dispuesto a pensar la forma de volver, o... ¿quién sabe? Tal vez me quedase un tiempo por allí, a la espera de una buena comida de lujo, una caja de bombones o una botella de whisky de algún novato despistado...

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