28 marzo 2011

El origen de Halloween

Fuente: Minipixel
Os presento otro relato de la serie Popomundo, para un especial de Halloween:


Esta es una historia ficticia, cualquier parecido con algún personaje de Popomundo es pura coincidencia.

Es la historia de un personaje llamado Hallybert O’ween, natural de Glasgow, y que tuvo la dudosa fortuna de ser el hombre más feo del mundo. 

Hallybert, más conocido como Hall, nació, como ya hemos dicho, a una edad muy temprana, en Glasgow. Era tan feo que al nacer el médico pensó que venía de culo. Le dijo a su madre que habían hecho todo lo posible para que no saliera. De hecho, su madre no sabía si quedarse con él o con la placenta, y en vez de darle pecho, le daba la espalda. Por eso cuando había que amamantarlo, le daba la leche con una pistola de agua, a 3 metros de distancia. De todos modos, el sentimiento de culpa fue tan grande por parte de la madre, que se entregó a la policía por haberlo parido. 

A pesar de todo, Hal siempre fue un niño muy adelantado: a los tres meses aprendió a caminar, porque nadie quería cogerlo en brazos. El caso es que el niño curiosamente creció fuerte y sano, tal vez por causa de los cacahuetes que a menudo le tiraban cuando lo paseaban en su cochecito. Con 10 añitos, el niño no es que fuera feo, es que los ojos sangraban al verle, había que atarle un trozo de carne al cuello para que el perro quisiese jugar con él. Cuando salía corriendo a la calle, la gente llamaba a los bomberos porque pensaban que salía corriendo de un incendio, con la cara quemada. Aún así, Hal era muy educado: cuando la gente lo miraba, él les daba las gracias.

Con la mayoría de edad, Hal pensó seriamente en encontrar un trabajo. Pero en el zoológico no quisieron contratarle, es más, tuvo que salir huyendo para no ser encerrado. Como policía no tuvo mucho éxito, los ladrones ya notaban su presencia al ver huir a la gente. Estuvo un tiempo trabajando como bombero, pero tampoco tuvo mucha suerte: la gente apagaba sus propios incendios con tal de que no fuera él.

Su nivel de pobreza era alarmante. Vivía del único momento del año en el que Hal era algo feliz, que era durante la fiesta de difuntos. Durante ese día iba de casa en casa con un saco dispuesto a llenar de caramelos... no hace falta decir que no sólo le daban caramelos, sino bicicletas, coches, y todo tipo de objetos con tal de hacerlo desaparecer del umbral... Así lograba vender las cosas en tiendas de segunda mano y subsistir otro año más. 

Pero fue durante uno de esos días de difuntos cuando Hal encontró la fortuna y el sentido de su vida. Iba de vuelta a casa y al pasar por una tienda le ocurrió algo increíble: el dueño le ofreció la posibilidad de donar su cara a la ciencia. A la ciencia de la juguetería. Con ayuda de trabajadores ciegos, consiguió que le hicieran un molde de su cara, y con ese molde se empezaron a comercializar unas máscaras que se pusieron de moda por todo el mundo y llegaron a ser el objeto más preciado por sus habitantes, ya que cada noche de difuntos usarla les volvía muy felices. 

Hal se convirtió en millonario gracias a los derechos de imagen que le proporcionaron fantásticas cantidades de dinero. Pero eso no pudo evitar que le sobreviniese la muerte una fría noche de difuntos. Algunos dicen que murió con una sonrisa en la cara, pero no son más que leyendas, nadie pudo haberle mirado directamente y vivir para contarlo. Fue enterrado cubierto de mortadela, para que los gusanos pudieran comérselo.

Y desde entonces, en homenaje a este pobre hombre, ese objeto tan preciado por todo el mundo fue al principio conocido como la Máscara de Hal O’ween y luego derivando en el nombre que todos conocemos...

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